La curiosa costumbre de medir la ética según quién se la prueba.
Cada escándalo político trae dos noticias. La primera habla de quienes gestionan el poder. La segunda habla de cómo lo medimos nosotros.
Ante una conducta dudosa, muchas personas creemos tener principios. Pero, si miramos mejor, quizá lo que llevamos en el bolsillo sea otra cosa: una vara de sastre. Y no una sola. Varias.
Una para los adversarios. Otra para los nuestros. Y una tercera, bastante más flexible, para nosotros mismos.
En materia moral, a veces no juzgamos. Confeccionamos.
La vara estrecha
Si la persona pertenece al adversario, se usa la vara estrecha. Una comida se convierte en indicio. Una llamada, en trama. Una amistad, en red clientelar. Una mala explicación, en confesión.
Y a veces tenemos razón. Hay conductas que no necesitan mucha tela para resultar indefendibles.
La vara generosa
El problema empieza cuando la misma clase de hecho entra en el probador de los nuestros.
Ahí la vara estrecha desaparece con admirable discreción. Donde antes había una costura torcida, ahora hay complejidad. Donde había un roto, conviene esperar. Donde había una mancha, aparece la instrumentalización política.
El “y tú más” resulta especialmente útil. No arregla el roto ni limpia la mancha; señala otros rotos y otras manchas. No cose. Compara.
El traje del silencio
Existe un tercer traje, quizá el más cómodo. Sirve para comidas, grupos, foros, chats y pasillos en los que varias personas ven que la chaqueta no cierra, pero nadie quiere ser la primera en decirlo.
No todo silencio es cobardía. A veces es prudencia; otras, falta información. Pero también hay silencios que son miedo bien planchado: miedo a incomodar, a quedar situado, a que los nuestros nos miren como si hubiéramos cambiado de sastrería.
El coste aparece poco a poco. Lo que ayer parecía inaceptable empieza a parecernos “lo normal”.
Por qué cosemos así
Sería cómodo reducirlo todo a hipocresía. Probablemente sea más humano y más complicado.
Una causa, un partido o una identidad pueden dejar de ser algo que sostenemos y convertirse en algo que sentimos que somos. Entonces la crítica a una conducta cercana se vive como una amenaza personal. A eso se añade un ecosistema perfecto para la indignación selectiva: redes, medios y algoritmos capaces de mostrarnos los rotos del adversario en alta definición y los nuestros desde un ángulo bastante más favorecedor.
Escribimos esto y nos reconocemos. Hemos usado la vara estrecha con satisfacción y la generosa con alivio. Hemos guardado silencios que tenían menos de prudencia que de comodidad.
Una sola vara
No necesitamos una vara cruel ni una moral sin contexto. El contexto importa. Las pruebas importan. La proporcionalidad importa. Lo que no debería cambiar es el criterio simplemente porque haya cambiado el nombre de quien actúa.
Puede ayudar un ejercicio sencillo: invertir la etiqueta. Antes de cerrar un juicio, imaginar que exactamente los mismos hechos los protagoniza alguien del bando contrario. Si nuestra valoración cambia demasiado, quizá estemos midiendo más la etiqueta que la conducta.
Y queda el ejercicio más incómodo: empezar por casa. Aplicar también a los nuestros — y a nosotros mismos — el estándar que reclamamos cuando miramos enfrente.
La misma conducta, la misma vara. Después vendrán el contexto, las pruebas y los matices. Pero la cinta métrica debería ser la misma.