Hace un par de años, durante una charla sobre consumo responsable con estudiantes de bachillerato, sentí que algo no funcionaba. No era falta de educación ni siquiera de interés. El mensaje parecía dirigido al grupo y, precisamente por eso, podía no sentirse dirigido a nadie.
Cambié el enfoque sobre la marcha. Les pedí que escribieran sus nombres en un papel y los dejaran visibles sobre la mesa. Después empecé a llamarles por su nombre.
—¿Qué quieres ser de mayor?
Fueron apareciendo respuestas conocidas: médica, arquitecto, ingeniera, profesor.
Cuando terminaron, les propuse otra posibilidad.
—Hay algo que podéis empezar a ser ahora mismo, sin esperar a terminar los estudios ni a tener una profesión: habitantes.
La palabra necesitaba explicación. Para mí, ser habitante significa algo más que ocupar un lugar. Es reconocer que vivimos dentro de relaciones: con nuestro cuerpo, con otras personas, con una comunidad y con el mundo físico que nos sostiene. Y que nuestra manera de estar deja efectos.
Pregunté entonces qué haría un buen habitante. Las respuestas fueron sencillas: tratar bien a los demás, cuidar la naturaleza, no ensuciar, ayudar, respetar. Nada especialmente sofisticado. Precisamente ahí estaba el punto.
Con frecuencia hablamos a los jóvenes — y a los adultos — de lo que llegarán a ser: profesión, éxito, carrera, posición. Mucho menos de la forma en que pueden habitar hoy el lugar que ya ocupan.
Ser habitante no exige heroicidad. Empieza en cosas bastante corrientes: cómo cuidamos el cuerpo, cómo hablamos a alguien, qué consumimos, qué hacemos con un espacio compartido, si dejamos que una etiqueta sustituya a una persona, si colaboramos cuando podríamos desentendernos.
No siempre veremos el efecto de esas decisiones y no todas tendrán la misma importancia. Pero ninguna vida ocurre fuera de ellas.
Quizá Habitum Vitae empiece justamente ahí: no preguntándonos sólo qué queremos llegar a ser, sino cómo queremos habitar mientras tanto.