Vivimos en un entorno que compite constantemente por nuestra atención. Mensajes, pantallas, notificaciones, noticias, trabajo y ocio caben ahora en el mismo dispositivo y reclaman una respuesta inmediata. El problema no es sólo que nos distraigamos más. Es que, si no decidimos dónde ponemos la atención, otras personas, plataformas y circunstancias acabarán decidiéndolo por nosotros.

La atención es limitada. También es una forma de elección: aquello a lo que atendemos ocupa espacio en nuestra mente, influye en lo que sentimos y termina condicionando buena parte de lo que hacemos. Por eso recuperar la atención no consiste únicamente en concentrarse mejor. Consiste en recuperar cierto gobierno sobre nuestra propia vida.

No toda distracción es mala ni toda concentración es buena. Descansar, divagar o cambiar de foco también cumple una función. El problema aparece cuando la dispersión deja de ser elegida y se convierte en el estado habitual; cuando saltamos de una cosa a otra sin haber decidido realmente qué merece nuestro tiempo.

La pregunta, entonces, no es sólo cuánto tiempo pasamos concentrados, sino qué merece nuestra atención. Hay asuntos urgentes que apenas importan y asuntos importantes que rara vez reclaman nuestra atención a gritos.

Podemos practicarlo de manera bastante sencilla: reducir interrupciones cuando necesitamos pensar, reservar momentos sin pantalla, hacer una cosa cada vez cuando sea posible y revisar de vez en cuando dónde se nos está yendo el tiempo. No como una disciplina rígida, sino como una forma de volver a elegir.

Percibir empieza también por ahí: notar qué está capturando nuestra atención antes de dar por hecho que merece tenerla.