Nos resulta bastante fácil definirnos por lo que creemos: nuestros valores, nuestras ideas políticas, nuestra religión, las causas que apoyamos o la clase de persona que pensamos que somos.

El problema es que ninguna de esas etiquetas garantiza una conducta.

Podemos defender la justicia y ser injustos en una situación concreta. Podemos hablar de empatía y tratar con desprecio a quien nos incomoda. Podemos considerar que estamos del lado correcto y utilizar precisamente esa convicción para justificar comportamientos que reprobaríamos en otra persona.

Eso no convierte automáticamente a alguien en “mala persona”. Quizá esa sea otra etiqueta demasiado grande. Las personas somos más variables que eso: podemos actuar bien en unas circunstancias y mal en otras, aprender, empeorar, rectificar o volver a equivocarnos.

Por eso puede ser más útil preguntar por la conducta que por la identidad moral.

¿He sido justo aquí? ¿He escuchado? ¿Estoy aplicando al otro un criterio que aceptaría para mí? ¿Estoy respondiendo al daño o utilizando el daño recibido como permiso para dañar?

La superioridad moral resulta especialmente peligrosa cuando nos exime de examinarnos. Pensar que nuestros valores son buenos no significa que cada acción realizada en su nombre también lo sea.

Podemos sentir indignación y poner límites. Podemos denunciar una injusticia, discrepar con firmeza o exigir responsabilidades. Nada de eso obliga a deshumanizar a quien tenemos delante.

Así que quizá la pregunta no sea “¿soy una buena persona?”, como si se tratara de un estatus adquirido para siempre.

La pregunta más útil es bastante más concreta: ¿cómo me estoy comportando ahora?