El año se termina. Se va gastado, como casi todo. Deja cosas encima de la mesa: cansancio, algún recuerdo bueno, otros que pesan. Alguna cosa extraordinaria, también. La vida suele ser así.
Pasaron cosas. Algunas las buscamos. Otras vinieron solas. Y otras, aunque cueste admitirlo, las provocamos nosotros.
Lo que cuenta ahora es otra cosa: cómo respondimos.
Qué hicimos cuando se puso difícil y qué hicimos cuando parecía fácil. Si reaccionamos con miedo o rabia, si supimos frenar antes de responder, si dimos la cara, si pedimos perdón, si tuvimos criterio para cambiar de rumbo o seguimos empujando simplemente porque ya habíamos empezado.
No controlamos todo lo que ocurre. Tampoco somos espectadores inocentes de todo lo que nos pasa. Entre ambas cosas queda un espacio pequeño, pero importante: nuestra respuesta.
No se trata de hacer balance para decidir si hemos sido “buenos” o “malos”. Se trata de mirar sin demasiado adorno qué hemos hecho con lo que nos tocó y con lo que pusimos nosotros sobre la mesa.
Hoy no hace falta ajustar cuentas.
Basta con una pregunta sencilla y bastante seria:
¿Cómo hemos respondido?
Y mañana, otra vez.