Podríamos no estar aquí. No hace falta convertir eso en una frase solemne. Es simplemente un hecho: podríamos no existir, pero existimos.
Y si estamos aquí, aparece una posibilidad.
No una obligación de hacer grandes cosas. No una exigencia de ser protagonistas. Ni siquiera la necesidad de intervenir siempre.
Solo la posibilidad de darnos cuenta. De percibir dónde estamos, qué está pasando y cómo queremos participar.
A veces tocará actuar. Otras, acompañar. Otras, quedarse en segundo plano. Y otras, simplemente no hacer nada.
Pero hay una diferencia importante entre no hacer nada porque lo hemos elegido y no hacer nada porque hemos pasado por la situación en automático.
Quizá vivir más no tenga tanto que ver con hacer más cosas, sino con habitar más conscientemente las que ya hacemos.
No pasar por la vida como un turista. No estar siempre mirando desde fuera. Estar lo bastante presentes como para poder elegir, al menos de vez en cuando, qué papel queremos tener.
Podríamos no estar aquí. Pero estamos. Y ya que estamos, podemos darnos permiso para participar.