La humanidad no nació en la abundancia. Durante la mayor parte de nuestra historia, vivir significó administrar límites: alimento incierto, esfuerzo físico, riesgos, poca capacidad de almacenamiento y muchas menos posibilidades de elección que hoy. No conviene idealizar ese pasado; la escasez extrema enferma, reduce la libertad y acorta vidas. Pero sí conviene recordar que buena parte de nuestras disposiciones se formaron en condiciones muy distintas de las actuales.
En muchas sociedades vivimos ahora rodeados de una disponibilidad que habría resultado extraordinaria hace pocas generaciones: comida muy accesible, entretenimiento continuo, compras inmediatas, desplazamiento sin esfuerzo, información inagotable y estímulos que nunca terminan.
Eso es, en gran parte, una buena noticia. El problema aparece cuando confundimos disponibilidad con necesidad.
La adaptación hedónica ayuda a entender una parte. Tendemos a acostumbrarnos a muchas mejoras y placeres; aquello que al principio parecía extraordinario acaba convirtiéndose en normal. Entonces aparece fácilmente el siguiente escalón: un poco más, algo nuevo, otra vez.
También sabemos que querer y disfrutar no son exactamente lo mismo. Los sistemas cerebrales implicados en la motivación y la búsqueda pueden empujarnos hacia una recompensa sin garantizar que, una vez obtenida, la satisfacción dure demasiado. No hace falta convertir la dopamina en una explicación de todo para reconocer el patrón: podemos aumentar mucho el deseo sin aumentar en la misma medida el bienestar.
La cuestión no es condenar la abundancia. Sería absurdo. Es preguntarnos qué ocurre cuando desaparecen casi todos los límites externos y debemos empezar a construir algunos internos.
Ahí reaparece una intuición antigua. Aristóteles situaba muchas virtudes en un término medio relativo a nosotros, evitando tanto el defecto como el exceso. No proponía mediocridad ni privación. Proponía medida.
Quizá una forma de libertad consista precisamente en eso: poder acceder a algo y, aun así, decidir que no lo necesitamos. Poder disfrutar sin depender. Tener sin quedar gobernados por lo que tenemos.
Somos, en buena medida, hijos de la escasez viviendo en una era de abundancia. El reto no es volver atrás. Es aprender a manejar mejor lo que antes apenas existía: demasiado.